La pequeña historia donostiarra nos cuenta que varias sociedades populares nacieron en el seno de otras. En un momento dado, un grupo de socios decide construir una entidad nueva y busca para ello local y nombre propio y redacta sus estatutos. Las razones para la escisión han sido variadas: se trata unas veces de realizar actividades nuevas; otras es la falta de espacio ante la avalancha de nuevos socios a los que no se puede dar entrada y, en algunos casos, por meras discrepancias personales. Veamos el caso de Ollagorra.
Para tener una perspectiva completa, vamos a retroceder unos años en la historia. Hacia 1857 funcionaba en San Sebastián una única sociedad, La Fraternal, instalada en el nº 11 de la calle del Poyuelo, hoy Fermín Calbetón. En 1869, el local de La Fraternal resultó destruido por un incendio y sus dispersos socios decidieron construir una nueva. Así surgió la Unión Artesana, el 14 de mayo de 1870. Tal día, a las 7 de la tarde, 76 personas se reunieron en los bajos del número 16 de la calle 31 de Agosto, (entonces llamada de la Trinidad) y tras la lectura de las “bases y reglamento de una Sociedad de artesanos, cuyo fin sea la distracción y el recreo” los aprobaron unánimemente. La sociedad se ubicó en el nº 2 de la Plazuela de Lasala.
En la noche del 17 de febrero de 1879 un nuevo incendio destruyó el local. Las otras dos sociedades existentes en la época, La Amistad y La Nueva Armonía, ofrecieron generosamente sus locales para que los socios de la Unión Artesana pudieran seguir reuniéndose hasta que concluyó la reconstrucción del local y regresaron a él en diciembre del mismo año. 98 eran entonces los socios y siguieron materializando su afán de sociabilidad en los remozados locales y colaborando, asimismo, en el variado programa de festejos de San Sebastián de fin de siglo.
En 1903, Machimbarrena fue nombrado delegado para Gipuzkoa de La Unión Española de Explosivos. Era un puesto de grandes posibilidades tanto sociales como económicas, ya que en Soraluze funcionaba a pleno rendimiento la fábrica de cañones y en Eibar se concentraba la práctica totalidad de talleres dedicados a la producción de armas cortas y cartuchería de España. Era Machimarrena aficionado a la caza y el nuevo cargo le comprometió a un contacto más estrecho con todos los sectores relacionados con la pólvora y los explosivos.
A partir de 1903, fue incorporando a la sociedad (La Unión Artesana) a numerosos amigos cazadores que formaban tertulias para hablar de su deporte favorito. Consiguió, de la Junta Directiva la cesión de una sala, la que daba a la actual calle Mari, sobre el muelle, que pronto resultó insuficiente para acogerlos.
Decidieron formar un grupo y eligieron para el mismo el nombre de Ollagorra, becada en euskera, el ave favorita en sus correrías de caza y ese nombre colocaron a la entrada del salón en julio de 1906. Fueron socios fundadores Fermín Machimbarrena, Ramón Insausti, Venancio Zalacaín, Lorenzo Arrillaga, Ángel Arizmendi, Tomás Cotado y Enrique Mora.
En lo que respecta a los círculos recreativos y asociaciones, señalamos que en su fundación y en las juntas directivas hubo una constante presencia de personajes ilustres de la burguesía y clases acomodadas. Y esto sucedió en toda Europa. La diferencia con San Sebastián radica en que a las sociedades populares se incorporaron gentes de origen humilde o pertenecientes a las clases trabajadoras sin que ello supusiera enfrentamiento o roces entre ambos estamentos.
Volviendo al año de construcción de Ollagorra, diremos que el siguiente paso fue el de constituirse en Asociación con vida jurídica propia y a ellos se dedicaron tanto Fermín Machimbarrena como su amigo el abogado Emilio Arbide.
Los Estatutos de la nueva sociedad fueron aprobados por el Gobierno Civil el 19 de septiembre de 1907 y por la asamblea de socios, doce días más tarde.
En esta página se reproduce el acta de constitución de Ollagorra donde consta el domicilio de la nueva sociedad, los salones del primer piso de la casa señalada en el nº 2 de la Plazuela de Lasala, es decir, el mismo local de La Unión Artesana y también se recoge la primera Junta Directiva: presidente, Fermín Machimbarrena, vicepresidente, Domingo Peña, tesorero, Tomás PCotado, secretario, Emilio Arbide y vocales, Pedro Matheu y Carlos Manes.
Al año siguiente (1908) se amplió la Junta Directiva, nombrándose un cargo insólito en cualquier sociedad popular o gastronómica, el de “recaudador de cuotas”, con retribución de 10 pesetas mensuales, cargo que ocupó Teodoro Goicoechea. En la misma junta se aprobó el gasto de 471,85 pesetas para la adquisición de muebles, incluyendo en ello el acondicionamiento de una cocina.
En el año 1910, se produce el cambio de domicilio de Ollagorra. Según consta en el acta del 15 de febrero, Ollagorra propuso al propietario una reducción de la renta abonada, propuesta que lógicamente rechazó el propietario y llevó a la búsqueda de otro local.
El 22 de mayo de 1910 se trasladó a su sede oficial, su actual sede en la subida del Castillo. El traslado se hizo después de festejar en el muelle, concretamente en Portaletas a Santa Rita y a Santa Quiteria.
La “Voz de Guipúzcoa” (25 -5 -1910) al dar cuenta de este traslado hacía una pequeña semblanza de la sociedad y decía que “sus socios se reunían al atardecer. No necesitaban, como en otras partes, mujeres para sus guisos, que son una maravilla. Todos saben hacer una sopa de ajo, una salsa, asar como se debe las sardinas y preparar anchoas a la Papillote y ahí acuden muchos arrantzales, luego de arribar al puerto, encontrando otro puerto seguro, donde no se siente la molestia de la granizada, ni el peligro de los vientos. Todos son personas llanas y cordiales, hospitalarias y sin egolatrías veteranas. Sencillez, amabilidad, humor tranquilo…”
Este comentario nos muestra la perfecta simbiosis alcanzada en solo cuatro años por Ollagorra, creada por un grupo de profesionales y empresarios donostiarras aficionados a la caza, el mundo que les rodeaba -el del muelle de pescadores y la flota de cabotaje- había transformado la sociedad. Los habituales usuarios pertenecían a aquel mundo de trabajadores que tenían el pescado, (Donostia entonces era el primer puerto del Cantábrico, por su volumen de capturas) la materia prima fundamental de su gastronomía.
Rafael Aguirre Franco
"Ollagorra: Crónica de un Centenario 1906-2006". Pág. 9-19.